Cada gentilicio particular es una palabra-cebolla: está rodeado de una o más envolturas de generalidad creciente a las que no hace falta mencionar. Se sobreentienden. Cuando se dice que Manu Ginobili es bahiense, también se dice que no es ni andaluz ni español ni europeo, sino bonaerense, argentino y americano.
Esta convención funciona la mayoría de las veces, pero hay casos que producen confusión. Es que los españoles raras veces respetaron los nombres que los indios daban a su propia tierra, y puestos a bautizar pueblos y comarcas repitieron demasiado. No se puede andar mucho sin toparse con algún pueblo San José o Santa María, y existen por lo menos tres ciudades principales en América llamadas Santiago. Tampoco es justo hacer leña de los españoles, pues no hay que olvidar que la fundación de sus ciudades más importantes fue obra de cartagineses y romanos; los pobres hicieron lo que pudieron, dada su inexperiencia. Ante el hecho consumado nuestros ancestros se vieron obligados a retorcer los gentilicios, dando origen a variaciones como santiagueros, santiagueños y santiaguinos.
Pero hay otro problema: en más de una ocasión la comarca que rodea a una ciudad toma el nombre de la misma: Buenos Aires, sin ir más lejos. Esta cuestión particular se zanjó bautizando porteños a los habitantes de la ciudad, y bonaerenses al resto.
De todos modos persisten situaciones conflictivas. Alberto Olmedo era rosarino y por ende santafesino. Entonces los oriundos de la ciudad de Santa Fe ¿qué son?… ¿santafesinos santafesinos? La situación se repite en las ciudades/provincias de Jujuy, Salta, Tucumán, la ya mencionada Santiago…
No tengo idea de cuál es la oficina gubernamental que se encarga de los gentilicios. Si es que existe, sus funcionarios deberían hacer algo para aliviar la situación de millones de personas condenadas a aclarar de por vida que son mendocinos pero sanrafaelinos, o -situación inversa- cordobeses pero de Córdoba capital.
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