* ARTHUR CLARKE

Nunca estuvo en lo de Tinelli ni en el programa de Susana, así que era impensable ver la noticia de su muerte en la tapa de los diarios nacionales. Las pocas notas que encontré por ahí hacen referencia a 2001, su novela más conocida, o a la loca idea -loca para 1948- de poner un satélite a 36000 km de altura para usarlo de superantena. Los agentes encubiertos de la policía moral no dejaron escapar la oportunidad en algunos blogs, aunque mayormente como comentaristas anónimos. Como puto ya no es un insulto políticamente correcto, reflotaron una acusación de pedofilia que un diario sensacionalista británico le tiró en 1998. Y se guardaron de averiguar -o peor aún, de mencionar- que ese mismo diario terminó pidiéndole disculpas públicas.

Yo recuerdo y repito dos frases que se le atribuyen:

- “Una tecnología que no se entiende es indistinguible de la magia”. Si uno mira hacia atrás, ve que el Dr. Frankenstein apela a la electricidad para dar vida a su monstruo. En realidad, es la autora la que apela al pensamiento mágico de los lectores, mencionando una tecnología entonces en pañales y desconocida por casi todos. Después copiaron la técnica de Mary Shelley los publicistas, quienes en los años 50 del siglo pasado promocionaban aspiradoras atómicas. Diez años más tarde, cualquier artículo que se preciara de moderno debía llevar el rótulo de electrónico. Y ya en los 80 la chapa de vanguardia se obtenía agregando el calificativo computarizado. Hoy, como quien más, quien menos, todos creemos tener idea de esas tecnologías, no queda más remedio que cambiar de rumbo. Por eso para vender algo en el siglo XXI hay que rotularlo de ecológico.

- “Cuanto más maravilloso es un medio de comunicación, mayor es la cantidad de información banal que circula por él”. El telégrafo sólo transmitía noticias graves. Aún hoy quien recibe un telegrama sabe que no puede esperar en un telegrama una buena noticia, ni siquiera una tontería. El teléfono permitió que personas distantes intercambiaran información sobre el clima en sus respectivos lugares. La calidad promedio de los programas de televisión me exime de comentarios. E internet… bueno, si quiere una rotunda demostración de este postulado de Clarke, no tiene más que seguir leyendo mi blog.

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