Para triunfar en la política argentina se necesita carisma, liderazgo, ausencia de escrúpulos, dinero, la indispensable cuota de suerte, pero sobre todo, un apellido corto que termine en consonante (excepto Z). La conclusión cae sola examinando la lista de los últimos presidentes. Es que este tipo de apellidos admiten fácil, naturalmente el sufijo ismo y su derivado ista sin mutilación ni deformación. El apellido del líder y el nombre del movimiento quedan así fijados en el inconsciente colectivo. Los apellidos de más de dos sílabas y los terminados Z, a pesar de abundantes, no han trascendido como movimiento. La Z final, particularmente, ofrece un serio escollo a la vocación de poder de su portador. Ante todo porque se la cambian inexplicablemente por una anodina C. ¿Dónde están los lopecistas, gomecistas o perecistas? No los busque. Nunca los hubo y me arriesgo a decir: nunca los habrá. Es una cuestión de eufonía.
El primer y más contundente ejemplo de éxito es Perón y su peronismo. Es un apellido ideal: fácil, corto, explosivo y que admite el ismo con toda naturalidad. Muy otra sería la historia argentina si Perón se hubiera llamado, supongamos, Juan Domingo Bentivoglio.
Frondizi ya tuvo problemas, y no sólo con los militares y los sindicatos. A su apellido le sobraba una sílaba, y encima soldarle el sufijo ismo ya generaba polémica: algunos los escribían frondizismo y otros frondicismo. Ambas alternativas eran malas ya que la primera tenía una incómoda semejanza con nazismo y la segunda con fascismo. A los antinazis y antifascistas no les caía bien el calificativo, y a los nazis y fascistas que siempre abundaron por estas tierras directamente no les caía bien Frondizi.
El Dr. Illia fue otra víctima de los militares y sindicalistas, pero también de la cacofonía. ¿Cómo llamar a sus partidarios? ¿Illistas? ¿O, más cacofónico aún, illiaistas? No pega, no encaja en ninguna marcha, es imposible de meter en una consigna de tribuna. Supongo que aún en un país normal, el Dr. Illia no hubiera sido elegido para un segundo período.
Cámpora -hasta donde yo sé, el único odontólogo del mundo que fue electo presidente- tenía todo para perder: era un apéndice de Perón, tenía enfrente a López Rega y para colmo, portaba un apellido esdrújulo de tres sílabas terminado en vocal. Que a fines de la métrica equivale a cuatro sílabas. Otro apellido imposible para los poetas del tablón.
Alfonsín casi calificaba para fundar un tercer movimiento histórico. Pero le sobraba una sílaba. Fonsinista suena mucho mejor que alfonsinista, el kilométrico calificativo que se aplicaba a sus partidarios. Muchos le atribuyen su caída a la inflación que se desató en sus últimos meses de gobierno. Pero los mayores de 60 seguramente recuerdan que durante el gobierno peronista de 1952/1955 también hubo inflación, un mal desconocido hasta entonces. Sin embargo, Perón fue elegido 17 años más tarde para un tercer período. Hoy es impensable que Alfonsín tenga siquiera la oportunidad de disputar un segundo período.
Menem fue el segundo político más exitoso detrás de Perón. Le faltó un poco para igualarlo. Esas E repetidas, esa pronunciación grave de su apellido (en cuyo caso habría que escribir Ménem) le quitaban fuerza. Pero el ismo le combinaba de maravillas.
El delarruismo estaba predestinado al fracaso. Visto en perspectiva histórica, el trágico fin de su gobierno ya estaba cantado en el calificativo de sus partidarios. Delarruista suena demasiado parecido a derrotista. Y hasta parece contener la palabra ruina en su interior. El gobierno del Dr. De La Rúa fue la crónica de una muerte anunciada.
El Dr. Kirchner ha sido quizá el más beneficiado por el factor suerte. Los precios de las commodities que exporta Argentina, inimaginables hace diez años, le proveyeron un flujo de efectivo que ningún otro presidente ha tenido desde el fin de la segunda guerra mundial. Pero sobre todo porque la globalización cultural acostumbró a los argentinos a los apellidos abundantes en consonantes y escasos en vocales. Veinte años atrás, kirchnerismo hubiera sido impronunciable para el 90% de la población argentina. Salvado ese escollo, su apellido califica perfectamente: dos sílabas, termina en consonante que no es Z. Tiene, eso sí, la misma debilidad de Menem: atentos a las reglas de pronunciación castellana su apellido debería ser agudo, pero todos dicen Kírchner. Tanta coincidencia le augura dos cosas: un segundo período presidencial y una reforma constitucional a medida.
La Dra. Fernández en cambio está atrapada en un callejón fonético sin salida. Fernandismo recuerda al nombre de pila del Dr. De La Rúa, un innombrable en esas esferas. Fernandecismo adolece de los mismos defectos del lopecismo o gomecismo. Y decir kirchnerismo no aclara de cuál de los integrantes de la pareja presidencial se está hablando. A sus partidarios sólo les queda optar por el pálido mote de cristinistas. Porque hasta esa desgracia tiene nuestra presidente: el mote de cristianos ya fue patentado hace dos mil años.
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