Viajar al futuro es un tópico clásico de la ciencia ficción. Y lo bueno es que viajar al futuro es posible, lo hacemos todo el tiempo. Lástima que a la velocidad de un día por día. Para zafar de esa limitación lo más parecido a la máquina del tiempo es la criogenia, en caso de que funcione. Supongamos que un señor que fue congelado en los años sesenta (Walt Disney por nombrar uno de tantos) se despierta hoy… ¿de qué se sorprendería?
Se sorprendería de que no hubiera colonias lunares. Preguntaría asombrado por qué todavía no hubo una misión tripulada a Marte. Quedaría con la boca abierta -muy abierta- al enterarse de que Rusia y China tienen economías capitalistas. No podría creer que su odiado Fidel Castro siga vivo a cien millas de Disneylandia y sin apelar a la criogenia. Le resultaría incomprensible que los automóviles sigan quemando petróleo, como en su época. Y es probable que vuelva a morir si lo llevan a un aeropuerto y ve que los Boeing 737 siguen volando.
No creo que se quede mudo ante las computadoras. En los sesenta ya se avizoraba un futuro computarizado. Quizá haga un comentario sobre el reducido tamaño de las mismas, pero ése es un aspecto cuantitativo y no cualitativo. Tampoco lo marearían los celulares. En la década del 40 Dick Tracy ya hacía videoconferencia con un reloj pulsera. El Súper Agente 86 también se adelantó a su tiempo con el zapatófono. No, ni las computadoras ni los celulares, nuestros íconos de modernidad, le llamarían demasiado la atención.
Pero sí se sorprendería al escuchar frases como las siguientes en boca de gente común y corriente: tengo poca batería, anoche no me podía conectar, te quise llamar pero no tenía señal…
Ya con la aparición del automóvil comenzó esta simbiosis persona/máquina (simbiosis al menos en lo verbal). Pocos dicen mi auto se quedó sin nafta. La mayoría afirma me quedé sin nafta. El teléfono tradicional en cambio no recibió este tratamiento. No recuerdo haber escuchado me ligué, me quedé sin tono. Pero con la masificación de los celulares y de las computadoras, comenzamos a referirnos a ellos como si fueran parte de nuestros cuerpos.
Una explicación posible a este fenómeno lingüístico es que los celulares, y en menor medida las computadoras, son artículos realmente personales. Como la ropa, por ejemplo. Mi madre solía decirme ya te ensuciaste, y mi cuerpo estaba inmaculado; en realidad la mostaza había caído en mi remera.
Otros dicen que el celular, y en menor medida, la computadora, son los símbolos de status de hoy y por lo tanto muy valorados e incorporados lingüísticamente al yo. Mire a su alrededor y verá que buena parte de sus prójimos exhiben celulares que cuestan un sueldo y la mitad del otro. Pero tampoco me convencen: los Rolex también son valorados como símbolo de pertenencia, y sus dueños no dicen estoy atrasando dos minutos por semana.
¿Qué conclusión sacaría Walt Disney al escuchar que hay gente que se queda sin batería? Obvio: que nosotros, seres del futuro, tenemos partes del cuerpo eléctricas o electrónicas que reemplazan o potencian a nuestras partes biológicas. Para Disney nosotros seríamos ciberorganismos o ciborgs. Lo que él no sabría es que todavía no lo somos. Pero este lenguaje delata que queremos serlo.
Qué quilombo mental para el pobre Walt Disney. Los que lo congelaron hablaban como John Lennon. Y los encargados de desfrizarlo le hablarán como Terminator.
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