* LA PUTA OLIGARQUÍA

Así como la demagogia no es una clase social, tampoco lo es la oligarquía. Clases sociales, lo que se dice clase sociales, fueron, son y serán tres: alta, media, baja. Sin embargo, por más que usted busque con lupa no encontrará a nadie que se admita como perteneciente a la clase alta. En este país donde se endiosa el éxito y se lo mide en pesos, nadie admite ser rico. En el otro extremo social, nunca pero nunca escuchará a alguien reconocerse de clase baja. Quizá alguno diga dignamente de sí mismo que es pobre. Alguno que se quedó en los ‘70 dirá que pertenece a la clase obrera. Y hasta puede ser que varios se describan a sí mismos como laburantes. Pero clase baja, jamás.

Nos queda un segmento que sí se describe con esta nomenclatura, a veces con orgullo, otras con resignación. Se llaman a sí mismos la clase media. Son quizás la clase más heterogéna que existe, tanto en lo político como en lo económico. Sin embargo, tienen rasgos comunes que permiten identificarlos.

Ante todo, se consideran descendientes de europeos. Tratan de reirse de sí mismos con el chiste de que el hombre desciende del mono, pero los argentinos descienden de los barcos. Y en realidad no lo toman como burla: ese hecho los hace sentirse distintos. Cuarenta años atrás los descendientes de polacos posaban como alemanes, los de italianos aclaraban que sus abuelos eran del norte de la península, y los de apellido vasco no paraban de aclarar que el suyo venía del lado francés. Hoy que la prosperidad parece incluir a Europa toda ya no deforman sus orígenes.

Una parte de la clase media no se anima a ser de derecha. Ahora el término ya cayó en desuso, pero gustaba definirse como liberal (término que en Venezuela o en Estados Unidos significa muy otra cosa, y que en este raro país se hizo sinónimo de conservador). Abrazó a Manrique, a Alsogaray, más recientemente a López Murphy y a Macri. Algunos, secretamente, votaron a Patti. La otra parte de la clase media está formada por personas con un miedo congénito de ser considerados gorilas -postura política que sus padres y abuelos sostuvieron con orgullo- y buscan la forma de no ser antiperonistas. Así, se entusiasmaron con Alfonsín pero prefirieron a los diputados de Alende, fueron la pata izquierda de la Alianza y hoy hacen fuerza por creer -aún contra toda evidencia- en los Kirchner. En otros países los llamarían liberales, pero ese término también les causa horror. Como no se animan a considerarse de izquierda, dejan que les cuelguen el aguachento mote de progresistas.

Pero ambos bandos comparten características. Si bien unos se quejan abiertamente de los cartoneros, y otros elucubran ingeniosos planes para sacarlos de tal actividad, ambos se sienten invadidos por esas intimidantes figuras nocturnas que parecen salidas de una mala película futurista, y preferirían no verlos. Ambos bandos, con distintos argumentos, están convencidos de que su clase aporta la mayor parte del esfuerzo, los impuestos, la materia gris y todas esas cosas que hacen a la riqueza de un país. Y ambos bandos miran con horror a la clase baja, no tanto porque la desprecien sino por el temor de que un día la vida los arrastre hacia ella.

Cuando una persona de clase media pierde el mínimo capital que la diferenciaba de un proletario, pasa a definirse como de clase media baja. Conserva algunas costumbres de la clase media -las que no cuestan dinero- pero a pesar de tener un ingreso menor al de un obrero de la construcción, seguirá considerando a éste como de clase baja, o sea medio peldaño por debajo de su nivel social.

Ambos bandos de la clase media miran con cariño el peldaño superior siguiente de la pirámide social, y quisieran estar allí. Cada tanto alguno lo consigue, y fortalece la esperanza de los que aún no lo consiguieron ni lo conseguirán jamás. Una vez ascendido, por más que su poder adquisitivo supere con creces al de un distinguido descendiente de familia patricia, el pudor que arrastra desde la clase media es demasiado fuerte. Jamás se reconocerá rico. Y tímidamente afirmará que pertenece a la clase media alta. Estas curiosas subclases -media baja y media alta- nos permiten inferir que existe una tercera: la clase media media.

La verdad, se oye horrible. ¿Quién quiere pertenecer a una clase social cuyo nombre suena como decir “me saco el saco porque traje traje”?

1 Respuesta a “* LA PUTA OLIGARQUÍA”


  1. 1 gataflora 14/12/2008 a las 6:31

    Eduardo, me he reido mucho mucho, con el final de este monólogo. Que buen sentido del humor!! Empecé con este porque el titular es irressitible. Saludos a Roberto!! jaja


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