Si, como dice el griego en el Cratilo, el nombre es arquetipo de la cosa, entonces los argentinos cagamos fruta. Porque insistimos en nombrar ciertas cosas con nombres que sabemos con certeza que son incorrectos. Pero como todo el mundo los usa, nos subimos al camión. Un camión que paradójicamente está lleno de gente que también sabe que está llamando clavel a la rosa, pero que en vez de corregirse apela a la estúpida frase: “vos me entendés…”
La jerga de la informática, tan nuevita que es, ya está llena de nombres equívocos. Desde hace rato que a la unidad central de una PC (o sea, el gabinete con todo lo que hay adentro: discos, motherboard, procesador, fuente de poder) se la llama CPU. Cuando en realidad la CPU no es más que el procesador con su correspondiente memoria RAM. Nadie llama a los reproductores de sonido digital por su nombre, sino MP3. ¿Sirve de algo aclarar que MP3 es el nombre de un formato de audio, y no el del hardware que lo reproduce? No, no sirve: el receptor de esta aclaración ya lo sabe, pero se encogerá de hombros, chasqueará la lengua y nos mirará de costado, para luego repetir mecánicamente “vos me entendés…”
El paro del campo, como lo llaman sus defensores, o el lock-out, como le dicen sus detractores, puso de moda otra vez la palabreja oligarquía. Haga un esfuerzo de memoria, y recuerde las lecciones de Instrucción Cívica del secundario: las tres formas de gobierno son monarquía, aristrocracia y democracia. Sus deformaciones son respectivamente tiranía, oligarquía y demagogia. Nos lo hacían recitar como una letanía, cómo olvidarlo. Hoy hay quienes dicen que la oligarquía es una clase social, y hasta la describen. Y lo peor de todo es que tienen un coro de millones de personas repitiendo el equívoco.
Por último, ¿sirve aclarar una vez más que una olimpíada es el período de cuatro años que se extiende entre dos Juegos Olímpicos? Los numerosos periodistas especializados que insisten en hablar de las Olimpíadas de Beijing 2008 parecen indicar que es inútil.
El concepto de normalidad es, las más de las veces, puramente estadístico. Se trata de hacer lo que hace la mayoría. Fue normal tolerar la esclavitud, fue normal quemar a las brujas, fue normal aceptar que cada tanto nos gobernaran los militares. Normal y bueno no son sinónimos. Por eso usted, que llama a las cosas por su nombre, no se desanime. Y como decía un viejo graffiti anarquista: basta de revisar su cabeza, a veces la falla está en la realidad. Vamos, anímese a ser anormal y siga llamando rosa a la rosa.
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