Etimológicamente boliche significa eso. Si el diccionario no me toma el pelo, en algunos países de habla hispana es el nombre que le dan al balero. Para Pedro Picapiedra -o mejor dicho, para los actores mexicanos que doblaban la serie- es el lugar que nosotros llamamos bowling o bolera. Pero en Argentina, por alguna razón extraña, los boliches no tienen nada de esféricos.
Los amantes de la vida nocturna llaman boliches a los locales bailables. Es una de esas pocas palabras que se puso de moda y perduró: la vengo escuchando desde los ‘70, cuando reemplazó a la palabra boite. Pero esa es una acepción recién llegada. Desde hace muchas décadas, el argentino en general y el porteño en particular le dice boliche a los comercios de poca monta. Particularmente, a los que venden comestibles. No es despectivo. Me arriesgo a decir: calificar de boliche a un comercio es un acto de cariño.
Quino pinta con maestría y ternura el boliche de la vuelta de su casa -o de la casa de Mafalda, lo mismo da. Es el Almacén Don Manolo, donde padre e hijo comparten un oficio, un destino. En esos años, todavía, era norma que el hijo heredara del padre no sólo el patrimonio sino también la forma de ganarse la vida. El almacén Don Manolo real cumplió con esa norma. Pero me parece que ya no es así.
Cada boliche es distinto pero comparte rasgos generales con otros boliches. Ayer fue el negocio de los gallegos inmigrantes, y en los 90 se transformó en la pyme familiar de los indemnizados por despido. El boliche abre temprano, cierra tarde. A la vuelta, o en la esquina casi siempre hay uno. Es el que nos salva a la noche, cuando nos damos cuenta que se acabó la mostaza o nos olvidamos de dejarle los sifones al sodero. Sus propietarios no tienen piedad con los precios, pero el atraco se disimula porque nadie hace compras grandes. Si uno cogotea hacia la puerta del fondo, ve pistas de que allí empieza una casa: un televisor encendido, un corralito de bebé, un sillón. Y aún cuando no viéramos nada de esto, el aire de familia de quienes atienden termina de despejar toda duda. A diferencia de los grandes comercios, es suficiente con aparecer tres veces para que ya lo identifiquen a uno. Con gran facilidad, en poco tiempo y con compras más que modestas, uno pasa a integrar la categoría de cliente. Y esa categoría nos da ínfimas ventajas, como el redondeo para abajo o poder llevarse la mercadería aún cuando uno se haya olvidado estúpidamente la plata. Esas pequeñas licencias, admitámoslo, nos acreditan como vecinos del barrio. El bolichero quizá no sepa gran cosa de nosotros, pero frente a otros nos referirá como la señorita de ojos claros que compra Marlboro box o al señor de coleta que prefiere el jamón crudo al cocido.
Acá a la vuelta hay un boliche, cómo no. La que casi siempre está al pie del cañón es la madre, lo cual permite deducir que el padre tiene otro trabajo fuera de la casa/boliche. El hombre suele estar a la noche, más bien tarde, cuando seguramente ella está sirviendo la cena a los más pequeños de la familia. Hay una adolescente que cada tanto colabora en el negocio, casi indefectiblemente con mala cara. Se nota que no le gusta atender, y que en realidad quisiera estar en otro lado.
Me fascina esa dicotomía: los padres atienden el boliche con el aire satisfecho y hasta orgulloso de los que sienten que están triunfando en la vida. La hija adolescente lo hace con la displicencia de quien está seguro que merece algo mejor o al menos, distinto. Me gustaría volver dentro de veinte años para ver el gesto de la ex adolescente que heredó el boliche de papá y mamá. Pero no creo. No por mí, que vengo de familia de longevos. Es la adolescente la que casi seguro no estará. Debajo de su remera ricotera se adivinan unas tetitas incipientes, y debajo de su gesto de disgusto hay unas alitas también incipientes. Alitas que no crecerán mucho más, que no la llevarán muy lejos.
Pero serán suficientes para sacarla de estos 18 metros cuadrados de garage reciclado en boliche.
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