Duro golpe recibió la causa de los Reyes Magos. Según Mónica Cruppi, integrante de la Asociación Psicoanalítica Argentina, dicha tradición cumple un rol positivo en el desarrollo psíquico de los niños. La verdá, muchachos de la APA, con todo respeto, lo hubieran comentado en voz baja pero no en Crítica Digital, que se lee mucho. Yo opino igual que ustedes pero una cosa es que lo diga este pobre negro y otra, muy distinta, que lo afirmen los sacerdotes de Freud.
Porque como en todas las áreas del pensamiento, entre los defensores de los Reyes Magos habemos de todo. Algunos llegamos a esta isla -cada vez más deshabitada- en la infancia, y luego de un breve autoexilio elegimos volver a ella. Otros no se fueron nunca. Están aquellos que han venido sólo por odio a Papá Noel. También los hay racionalistas (creo que la Sra. Mónica Cruppi encaja en este grupo), quienes luego de largas reflexiones y estudios concluyen que hay que seguir con la puesta en escena. Y por último, está la inmensa mayoría, compuesta por padres en general jóvenes, desorientados, que prestan fácilmente oídos a cualquier consejo que tenga que ver con la crianza de sus vástagos. Se han dado casos de algunos padres realistas -en el sentido de “partidarios de los reyes”- cuando su primer hijo, y que luego se convierten en furibundos antimonárquicos. Yo fui uno de ellos y los comprendo.
El padre primerizo recibe innúmeros consejos sobre la crianza de su niño, provenientes de las fuentes más disímiles. Algunos de estos consejos son anacrónicos, otros son inaplicables, y muchos se excluyen mutuamente. De los que yo recibí durante mi flamante papacidad, recuerdo particularmente aquellos referentes a levantarlos en brazos si lloraban. La mayoría me sugería no hacerlo (“se malacostumbran y te toman el tiempo”) y una importante minoría me decía lo contrario (“lloran por angustia y el contacto humano los calma”). Así, el simple acto de levantar en brazos a una bebé -previo control visual y hasta táctil del contenido de los pañales- se transformó en un dilema moral que se planteaba cuatro o cinco veces por día. No hay conciencia -o superyó- que lo resista.
Transmitirles o no la tradición de los Reyes Magos es un tema aún más rispido, donde afloran incluso cuestiones ideológicas. Repito, de última los que tienen la decisión en sus manos son los padres, pero los pobres están sometidos a tales tironeos en uno y otro sentido que decidan lo que decidan sentirán que están traicionando a alguien. A su hijo, a su mamá o al tío Ernesto.
Esta afirmación de la APA provocará que miles de padres con prejuicios hacia el psiconálisis no inicien a sus hijos en la tradición de los Reyes Magos, o peor aún, los saquen violentamente de ella. También provocará un efecto aparentemente opuesto: algunos padres seguirán el principio de autoridad y razonando que si lo dice la APA deben tener razón, iniciarán mecánicamente a sus hijos en los ritos propiciatorios (que, ahora que lo pienso, son más para los camellos que para los Reyes. Claro, son Reyes, ¿qué mierda pueden necesitar que les dejemos?). Por eso el título: flaco favor le hace la APA a nuestra causa realista, que sigue perdiendo adeptos a manos del promotor de la Coca Cola que anda en trineo.
Les doy un consejo paradojal, jóvenes padres: decidan ustedes con sus sentimientos y no le den bola a nadie. O sea, a este escriba, tampoco.
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