* LAS MASAS ALABAN A CARL SAGAN

La informática ha introducido en nuestro lenguaje cotidiano neologismos que de tan usados ya parecen viejos. En las metáforas de dos pesos el cerebro pasó a ser el disco rígido. Lo que antes se denominaba plagio hoy es copypaste. Algunas son neologismos al cuadrado, como la castellanización de términos ingleses: me viene a la memoria resetear. Otros ni siquiera se dejan castellanizar, como el pendrive. Y a la hora de buscar información en internet, ya nadie busca sino que googlea.

La información disponible a través de Google no es infinita pero para nosotros, seres condenados a vivir una sola vida, es como si lo fuera. A fines prácticos no hay diferencia entre 1.000.000.000.000.000.000 segundos y la eternidad. Ya en 1998, cuando Sergey Brin y Larry Page -los creadores de Google- pusieron en línea su hoy omnipresente buscador, internet era una enorme colección de información. El nombre Google, verá usted, no es inocente.

Porque tenemos nombres para el millón, el billón, etcétera. Pero cuando la cantidad de ceros supera las dos docenas nos quedamos sin etiquetas. Cuenta la leyenda que para salvar ese inconveniente práctico, un matemático norteamericano allá por 1930 le pidió a un sobrinito que inventara un nombre para el número 1 seguido de cien ceros. “Googol” fue la respuesta. Bueno, no critiquen tanto: el pibe tenía nueve años y poco antes de eso le decía “tu-tú” a los coches, seguramente. El término se hizo famoso en el estrecho círculo de los matemáticos teóricos, lo cual habla del gran afecto que tenía aquel estudioso por su sobrino. Aprendan los tíos que ni siquiera recuerdan el cumpleaños de su sobrino de este ejemplo de ternura.

Googol hubiera permanecido restringido a su círculo original, y quizá se hubiera extinguido de no ser por Carl Sagan. Si queda alguien que no lo conozca, Sagan era un señor con aspecto de estudiante que no se animó del todo a ser hippie: adoptó el pelo largo pero impecablemente peinado, usaba jeans pero sin mácula, vestía informales chaquetas de badana pero sin dibujos psicodélicos, y nunca, nunca una corbata. Portaba una casi permanente sonrisa gardeliana y se presentaba con un gesto de “disculpe que me entrometa”. Académicamente era astrónomo pero sus intereses eran variopintos: biología -en sus variedades terrestre y estraterrestre-, historia, refutación de las seudociencias… Tuvo una brillante carrera como docente universitario y un día lo invitaron a uno de esos programas de TV pedorros de interés general en USA. Durante los escasos minutos de cámara que le dieron fascinó al público, y ese ratito de fama fue su trampolín para que se fijaran en él y le financiaran su serie Cosmos.

Eran fines de los 70 y la posibilidad de una guerra nuclear a escala mundial era tan cotidiana como lo es hoy la caída de los activos financieros de Wall Street. Un tal Reagan pretendía ser presidente de USA ante la sonrisa socarrona de los partidarios de Jimmy Carter, quienes después de las elecciones llorarían. Y en la Argentina gobernaban los militares, a quienes no los había elegido nadie pero gozaban de amplio consenso social. La TV estaba bajo absoluto control estatal, y si hoy nos quejamos de la calidad de la programación, no quieran saber lo que era en ese entonces. De la programación importada -es decir, norteamericana- se destacaba un formato hasta entonces desconocido: las miniseries. Y camuflada entre las miniseries descartables llegó Sagan con su Cosmos. La proverbial estupidez verdeoliva debe haber asumido que se trataba de una serie de ovnis, y se difundió sin problemas junto a Centennial, Raíces y otras que no puedo recordar ya que no las ví.

Imaginen en ese clima político poner la tele y escuchar a un tipo abiertamente ateo hablar acerca del origen del universo. Refutando el creacionismo. Criticando a la inquisición. Advirtiendo sobre el efecto invernadero. Y sobre todo, todo el tiempo, transmitiendo el mensaje de que la humanidad es una y sólo una. En uno de sus trece capítulos (La vida de las estrellas), como para familiarizarnos con los números gigantes que hacen que la arena del mar parezca un vueltito, Sagan explicó el googol.

Cosmos fue la serie de divulgación científica más vista de la historia. No fue producto de ningún monstruo multimedia, sino del equivalente californiano de Canal 7. Costó una cifra modestísima gracias al uso intensivo de efectos especiales que fueron revolucionarios para la época, muchos de ellos inventados para la serie. Y verla produce un efecto sencillamente conmovedor. A mí, que en algunas de mis muñecas rusas internas tengo al pibe que coleccionaba las figuritas Marte Ataca, se me eriza la piel cada vez que veo el capítulo Blues para un planeta rojo. Y eso que cuando la serie se estrenó yo ya era grandecito. En las mentes más jóvenes, más plásticas que la mía, Sagan dejó un surco mucho más profundo y fructífero. Dos de los pibes que se fascinaron con Sagan fueron Larry Page y Sergey Brin, quienes para el estreno de Cosmos apenas habían empezado la primaria. Cuando tuvieron que bautizar a su motor de búsqueda allá por 1998, barajaron muchos nombres pero el Efecto Sagan pudo más: quedó google, que no es otra cosa que googol escrito como suena en inglés.

Sagan no llegó a ver cómo googol/google -que él no inventó pero hizo popular entre las masas- quedó instalado en la cultura moderna. Murió en 1996, a los 62 años. Cuando vio que se moría no se hizo repentinamente creyente y aceptó su destino, tal vez con una última sonrisa gardeliana. Cada vez que alguien hace click en algún link de Google está, indirectamente y sin saberlo, rindiendo un minúsculo homenaje a Carl Sagan. Pero aún cuando los 1000 millones de internautas hicieran un click por segundo durante el resto de sus vidas sin parar, ni siquiera nos aproximaríamos al googol de clicks que sería el homenaje perfecto para aquel hombre menudito que nos hizo soñar con los átomos, los bits y las estrellas.

Otrosí digo: Cosmos también es un libro, y mientras los ciudadanos de a pie regalamos peluches con tarjetitas que dicen te quiero, Sagan se lo dedicó a su mujer Anne Druyan con estas palabras…

“En la inmensidad del tiempo y la vastedad del espacio, tengo la alegría de compartir este planeta y este tiempo con Annie”.

Bueno… después de releer semejante dedicatoria, no sé ustedes, pero yo empecé a mirar con otros ojos a esa Persona Especial, a ese Primer Rostro que uno mira al despertarse. Bien podría vivir a 20.000 km o haber nacido hace 20.000 años. Pero no, está aquí, a media sábana de distancia.

5 Respuestas a “* LAS MASAS ALABAN A CARL SAGAN”


  1. 1 gataflora 05/03/2009 a las 7:27

    que lo pario…adoré a Carl Sagan, quise ser astrónoma cuando era chica, sólo por ver la serie Cosmos, y de los efectos especiales me acuerdo de uno. Para explicar la existencia de una cuarta o quinta dimensión, puso sobre un paño unos circulos y triángulos en papel glacé de colores, y los desplazaba con el dedo, diciendo algo así, imaginen que ellos son seres, solo se desplazan de frente y de lado, no concoen una tercera dimensión (que sería arriba y abajo). Uds. creen que no hay una cuarta o quinta?. Un genio Sagan. Y tu final bue, que decirte, conmovedor.

  2. 2 Zoltan el monstruo de Venus 05/03/2009 a las 8:07

    La tierra imaginaria de dos dimensiones se llamaba Flatland (Terraplana en el doblaje mexicano) y yo tambien me acuerdo de esa explicacion todavia, me dio vuelta la cabeza.

  3. 3 Anahir 23/03/2009 a las 15:44

    números gigantes que hacen que la arena del mar parezca un vueltito, está bueno eso

  4. 4 RatonPerez 06/04/2009 a las 8:38

    Gataflora, no hay límite teórico para la existencia de dimensiones. Puede que haya 4, 5 o 19, en teoría todas pueden existir.

  5. 5 Pepe 09/05/2009 a las 10:27

    Yo no vi la serie por tv, alcancé a ver y comprar en los kioscos las cintas grabadas, de unos pocos capítulos. Que ni siquiera miré mucho, porque me compré el libro que me deslumbró. Hoy todavia lo abro y me encanta, literalmente hablando. No recuerdo la dedicatoria, no se si no la vi o no me llamó la atención en ese momento. Pero decirle eso a tu mujer, negro, eso si que es decir algo.


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