* ES EXTRAÑO COMO CAMBIA TODO

El término extraño es extraño. Se usa para describir un sentimiento: extraño a mi abuela. O para manifestar sorpresa: qué extraño que llueva en esta época. También para calificar a alguien que no encaja con los cánones: “El Extraño del Pelo Largo” es una famosa canción que hace referencia a esos seres extraños. Porque en la década del 60 no se veía con buenos ojos que un varón usara el pelo largo. Era casi un delito. Mucha gente aprobaba la costumbre de la Policía Federal de detenerlos para cortarles el pelo en la comisaría. Hoy parece ridículo, pero esto sucedió. Vamos, no me venga con que no se acuerda. Ahi está la canción de Pedro y Pablo que dice: “aunque guadañen mi pelo a la fuerza en un coiffeur de seccional“.

A mí me gustaba esa canción El Extraño del Pelo Largo. Era chico, y veía a los melenudos con una mezcla de admiración y curiosidad. Me hubiera gustado ser uno de ellos. Usaba el pelo corto y peinado a la gomina, como le gustaba a mi madre, pero mi corazón era pelilargo y rebelde aunque no sabía bien qué significaba ser rebelde. Sabía sí que cierta gente que no me gustaba criticaba a los pelilargos, y también a la canción de marras diciendo que eso-no-es-música-es-ruido. Y es curioso: puedo dar testimono de al menos dos personas que en aquellos años criticaban amargamente a La Joven Guardia y su hit El Extraño… pero que décadas después la bailaron con entusiasmo en esos enganchados para fiestas con temas viejos.

Después mi gusto musical fue mutando. Si usted, lectora, lector, supera los 50 años de edad, recordará que hubo un género hoy extinto llamado “canción de protesta“, que gozó de buena salud entre 1966 y 1975. Las fechas no son inocentes: en 1966 el general Onganía derrocó al presidente Illia, ante el beneplácito o al menos la pasividad de la mayoría. Y para 1975 el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón (quien, como todo el mundo sabe, no era peronista) se había apropiado de todos los canales y las radios, prohibiendo de hecho a los cantores de protesta. Entre los muchos, muchísimos seguidores del género figuraba yo, que aprovechando la excusa de la adolescencia me había dejado el pelo largo.

Y para aquellos que no llegan a la cincuentena, les cuento. Las canciones de protesta eran canciones como cualesquiera otras, pero en algún punto o en toda su letra hacían referencia a algún conflicto social (generalmente la injusta distribución de la riqueza). Algunas de ellas son joyas que aún hoy conservan su brillo: “Poema para un niño en la calle“, “Marcha de la Bronca“… otras en cambio no son dignas de recordar. Y las cantábamos igual, porque no eran “comerciales” sino “de protesta”. Yo tengo excusa. Era demasiado joven y todavía no había aprendido que las canciones no se dividen en comerciales y de protesta, sino entre buenas y malas.

En esa época de fanatismo descubrí a un cantor de protesta: Roque Narvaja. Lo encontré de casualidad revisando en una disquería, y me llamaron poderosamente la atención los títulos de su álbum Octubre Mes de Cambios: Revolución Mi Amor, Camilo y Ernesto… y las letras hacían honor a los títulos. Escuché ese disco hasta dejarlo transparente y me acalambré los dedos tratando de imitar los acordes en la guitarra. Pensé que me había fascinado porque era de protesta. Recién ahora me doy cuenta que me fascinó porque era bueno. Y había una leyenda urbana que corría de boca en boca: Roque Narvaja era el mismo que cantaba El Extraño de Pelo Largo en la Joven Guardia… era como decir que Superman y el boludo de Clark Kent eran la misma persona… ¿quién se lo iba a creer?

Roque Narvaja desapareció de las bateas de las disquerías mucho antes del golpe militar de 1976. Supuse que como muchos otros artistas argentinos en riesgo de extinción (no es una metáfora) habría recalado en España. España recién salía del franquismo y todo lo que sonaba a izquierda, Che Guevara, Revolución, etc, se vendía como pan caliente. Durante un breve tiempo una buena parte de los españoles se fascinaron con nuestros cantores de protesta, les dieron la bienvenida, compraron sus discos y agotaron los boletos de sus recitales. No duró mucho, pronto vinieron los pasotas y se terminó el agosto. Lo supuse a Roque Narvaja ahí, cantando sus buenas canciones de protesta. Pero no.

En 1980 empezó a sonar en las radios un cantante proveniente de España que hablaba de bolsos en vez de carteras, patatas en vez de papas, guisar en vez de cocinar, y se enfadaba en vez de enojarse. Pero todo ello con un sospechoso acento argentino. Era -otra vez- Roque Narvaja. De algún modo sus discos habían pasado la brutal y estúpida aduana cultural de la dictadura. Sospecho que así como yo no pude creer que el cantante de La Joven Guardia fuera el mismo del disco Octubre Mes de Cambios, los censores de la época no relacionaron a este Roque Narvaja con el que se había exiliado en 1977. Y gracias a esta omisión pudimos escuchar los temas que iban a transformarse en clásicos a los dos lados del Atlántico: Menta y Limón, Santa Lucía, Como Si Estuvieras Aquí
Estas nuevas canciones eran muy distintas. Llámelas intimistas, si quiere. Narvaja logra transmitir esa nostalgia de las cosas no vividas. Oyéndolo, extraño el Madrid de los 80. Extraño a una mujer cuya ropa nunca escondí, cuyas fotos nunca quité, como seguramente les pasa a muchos españoles. Y como argentino, no puedo evitar sentir un plus de tristeza al escucharlas: cada una de ellas tiene el sabor del exilio.

La canción de protesta tuvo un breve resurgir en la primavera cultural de Alfonsín. Aunque ya nadie la llamó así. Las radios se dedicaron a pasar intérpretes como Pablo Milanés o Eduardo Aute. Silvio Rodríguez llenaba el Luna Park cada vez que venía. El público de estos cantantes -de un modo parecido a lo que hice yo años atrás- aplaudía en automático cada vez que en el escenario se mencionaba a Allende, la Revolución Cubana o al Che. Las canciones del período beat de Roque Narvaja ya eran un recuerdo que aún no tenía el lustre de la nostalgia. El período de protesta había quedado desactualizado, porque nadie quería acordarse de un tal Luis Pujals, por ejemplo, o bien los trabajadores de la zafra habían sido reemplazados por una máquina cosechadora automática. Y las canciones del período español sonaban muy livianas al lado de otras que alababan la resistencia vietnamita o relataban los asesinatos de las dictaduras. Roque Narvaja entró en un eclipse pero como el sol, aunque no lo veamos siempre está.

Dicen que dijo Walt Whitman: contengo multitudes. Roque Narvaja es una muñeca rusa que contiene al menos tres artistas. Con un público que abarca tres generaciones. Repartido en dos continentes. Corean sus canciones la adolescente enamorada de Valencia que descubrió el disco Amante de Cartón entre las pertenencias de su madre. También el sesentón rosarino que fue un extraño de pelo largo y hoy, pelado, baila esa canción con frenesí en la fiesta de casamiento de su hija. Contengo multitudes…

Algunos de mis amigos tuvieron que exiliarse en los años de plomo. Uno de ellos, el Gordo Rinaldo, partió a Europa y en el apuro se llevó mi disco Octubre Mes de Cambios. Lo volví a ver de casualidad veinte años más tarde. Ya no era gordo sino flaco, ya no tenía pelo largo sino corto, ya no era maoísta sino menemista. Casi no pudimos hablar, se nos agotaron los temas en 10 minutos. Tanto había (habíamos)cambiado. En cambio lo que no cambió (al menos, no en el contenido) es el disco Octubre Mes de Cambios. Se lo puede escuchar en el sitio web de Roque Narvaja. Es más, está la discografía completa y puede que se lleve más de una sorpresa al enterarse que tal o cual canción es también de Roque Narvaja en alguna de sus múltiples facetas. Y anoche, a 35 años y a 3000 kilómetros de la disquería donde compré Octubre Mes de Cambios, fui a ver a Roque Narvaja.

Fue la primera vez en mi vida que lo vi en vivo. Y sin embargo, no puedo evitar la sensación de haberlo reencontrado. Qué extraño, ¿no?

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