Una vieja historia dice que un joven concurre a un boliche y logra conquistar, con asombrosa facilidad, a una chica hermosísima. Se dirigen luego a un hotel a concretar su súbito romance, pero una vez ingresado al cuarto el joven pierde la noción del tiempo y de la realidad. Cuando recupera sus facultades está desnudo, tirado en la bañadera y fuertemente dolorido en la cintura. Al tocarse la zona adolorida descubre dos cicatrices quirúrgicas muy recientes. Y al alcance de la mano, su enamorada ausente le ha dejado una nota y un aparato de telefonía celular. La nota dice que ha sido drogado, que le han extirpado ambos riñones para negociarlos en el mercado negro de órganos, y que el celular es para que llame a una ambulancia a la brevedad. La historia termina diciendo que el tal joven se halla hoy a la espera de un riñón que le permita prescindir de la diálisis a la que lo condenó esta aventura.
La historia hace agua por los cuatro costados: no se puede hacer semejante intervención en la clandestinidad y menos en un cuarto de hotel. La vía quirúrgica para extirparlos está mucho más arriba de lo que el común de las personas cree. Un órgano no es un saco sport, que me lo pruebo y si me anda más o menos me lo llevo. No está registrada en ninguna noticia y menos aún un documento, y los detalles son casi siempre imposibles de verificar: “Pasó en un boliche de Lomas que ya no existe“, o “al pibe lo atendieron en el Hospital Mengele pero la familia se lo llevó enseguida a una clínica en secreto“. Otras veces, como para aumentar la credibilidad de la historia, uno de los oyentes dice algo como “sí, yo tengo un primo en Santa Fe que me contó que allá pasó un caso igualito“.
Estas historias se han bautizado como leyendas urbanas. Dicen que la palabra viene del latín legenda, que a su vez viene del verbo legere. Lo curioso es que el significado de legere no es solamente leer: también quiere decir escoger, y también recoger. O sea: una leyenda no sólo es algo que debe ser leído, sino también escogido y/o recogido. Como que hubiera un deber social de cada uno de nosotros de tomarla, repetirla, difundirla, aún cuando no creamos en ella. De hecho, la primera vez que me contaron la historia que abre este post, lo hizo un incrédulo que buscaba argumentos para su escepticismo, dado mi carácter de estudiante de medicina. No la creía, pero tampoco la olvidó. Y hoy yo se la cuento a usted. Recogimos la historia, elegimos recordarla, y ahora usted la lee. Entre todos hicimos de esta historia una leyenda.
Antes las leyendas hablaban de brujas, yetis o ciudades pavimentadas de oro. En la medida que el mundo fue siendo explorado,nos dimos cuenta que los bosques europeos carecían de mujeres horribles con poderes mágicos que desayunaban niños crudos. Las alturas de los Himalayas no mostraron huella alguna de gigantes peludos. Y yo, que vivo en el culo del mundo y recorrí sus rutas hasta el hartazgo, le garantizo que nunca vi nada parecido a una ciudad dorada. Pero parece que tenemos necesidad de leyendas, y al no poder ya ubicarlas en parajes remotos y desconocidos, las guardamos entre cuatro paredes donde nadie puede comprobarlas. La leyenda pasó del exterior inexplorado al interior inexplorable. Como el cuarto de hotel de esta historia de los riñones.
Leyendas urbanas hay a montones. La señorita que, cediendo al acoso sexual de su jefe, tuvo una convulsión epiléptica durante la fellatio es un clásico. El señor que fue enterrado vivo por error y despertó dentro del ataúd debe ser una de las más viejas. La mucama cama adentro que cocinó al bebé de la casa al horno con papas se repetía mucho allá en la época de la invasión de los cabecitas. Todas tienen rasgos en común: mutilaciones, muertes violentas, o al menos sorpresas desagradables que obran como castigo a algún pecado. Y los pecados más frecuentemente castigados son la avaricia y la lujuria. Tienen un hedor a moralina judeo-cristiano-musulmana que voltea. Será por eso que no me gustan demasiado.
Pero hay una que sí me gusta. Yo la encuentro diferente, no tan truculenta, no tan moralizante. Será por eso que tampoco es la más repetida. Se cuenta que allá por los años 80 una anciana viuda que vivía -digamos- en Caballito, despertó una mañana y comprobó que su perrita también anciana estaba muerta. Superado el primer momento de desconsuelo, pensó qué hacer con el cuerpo del animalito. No podía arrojarlo a la basura, no: había sido su alivio a su soledad, no era una caja vacía de pizza. Se merecía un entierro, por humilde que fuera, pero entierro al fin. Pero quienes conocen Buenos Aires saben que en Caballito no están dadas las condiciones para enterar siquiera un carozo de aceituna, menos aún un perro muerto.
Aunque había una alternativa: su hijo mayor vivía en una casa quinta en Moreno (ahora que me acuerdo, no sé por qué pero cuando yo yo era chico todas las quintas estaban en Moreno). Su hijo podría pasarla a buscar con el auto, la casa tenía terreno por demás, y una modesta tumbita no molestaría a nadie. La anciana llamó entonces a este hijo, lo anotició de la muerte y le planteó su idea. Los hijos varones ya crecidos -como cualquier madre sabe- somos una subespecie siempre ocupada que nunca tiene tiempo para su progenitora, y como corresponde este hijo le aclaró que le resultaba imposible ir a buscarla. Pero acto seguido le sugirió una solución: “mamá, meté la perrita en la caja del televisor que te compraste anteayer, tomate un taxi y cuando llegues a casa yo te lo pago“. De Caballito a Moreno, cabe aclarar, el viaje en taxi es largo y por ende, caro.
Así procedió la señora: envolvió los restos de su fiel compañera con una frazadita, metió el conjunto en la caja del Phillips que aún no había tirado a la basura, tomó el ascensor, salió a la calle y paró el primer taxi que encontró y con la ayuda del portero depositó la caja en el asiento. El viaje fue en silencio, casi un cortejo fúnebre. Al llegar a destino, la anciana aclaró: “joven, espere un momento que bajo y le aviso a mi hijo así él le paga“. La caja que obraba de ataúd quedó en el asiento trasero y la señora recorrió los 20 ó 30 metros que la separaban de la puerta de entrada. Saludó a su nuera, saludó a su hijo, y éste salió dinero en mano para recoger los restos de la perrita y cancelar el costo del viaje.
Cuando llegó a la vereda alcanzó a ver un taxi que se alejaba a toda velocidad.
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