* LOS NUEVOS MONSTRUOS

No tengo el menor fundamento para afirmarlo, pero se me hace que durante siglos la humanidad (al menos la partecita occidental y cristiana) convivió siempre con los mismos monstruos: ogros, brujas, gigantes, demonios. No mucho más. Pero a partir del siglo XIX empiezan a aparecer nuevos monstruos en tropel. Déjeme, por mero capricho, tomar como punto de partida el Frankenstein, de Mary Shelley.

Nunca se insistirá lo suficiente en que el monstruo de Frankenstein no tiene nombre, es simplemente el monstruo. Y que Frankenstein es el apellido del científico que le da vida. Y ya en este detalle encontramos un rasgo original: el monstruo no se origina mágicamente con un trasfondo religioso, no. Lo crea un científico. Y la ciencia, tal como la conocemos hoy, estaba por esos días en pañales. La autora de Frankenstein aprovecha la ignorancia general que había en 1817 sobre la electricidad, y le da vida al monstruo mediante la descarga de un rayo en medio de una tormenta. Lo cual me parece doblemente genial, literariamente hablando. Porque no sólo le da una “explicación” al origen, sino que lo sitúa en medio de relámpagos y vientos furiosos, como un presagio de lo que vendrá.
Un detalle curioso: en la guía telefónica de Viena figuran seis personas de apellido Frankenstein. Si alguno de los lectores habla alemán, puede aprovechar para llamarlos y hacerles alguna broma obvia, de las que seguramente los Frankenstein de la guía deben estar hartos.
Y un detalle no menor, fijesé: el monstruo de Frankenstein cobra vida después de haber estado muerto.

Más tarde aparece en escena Drácula. Acá sí hay un origen oscuro, demoníaco, mágico. Bram Stroker no apela a la seudo-explicación científica, su monstruo es en un todo parecido a los viejos monstruos medievales: su origen es misterioso, tiene poderes sobrenaturales. Pero tiene una diferencia fundamental: muestra puntos débiles. Porque… ¿cómo vencer a una brujo o a un diablo, como no sea confiándose al infinito poder de dios? Ya con Drácula tenemos más chance: no soporta el olor a ajo, la luz del sol lo destruye, la falta de contacto con la tierra de Transilvania lo debilita. Y hasta un crucifijo lo repele. O sea, le podemos ganar o al menos zafar. Además Drácula tiene otro rasgo nuevo: si te muerde, te volvés como él. Lo cual desencadena la paradoja, porque si un vampiro muerde a dos personas normales, que a su vez a la noche siguiente muerden cada una a dos más, etcétera, en poco más de un mes no hay más seres humanos. Y llegado ese momento, ¿de qué van a vivir esos pobres vampiros. Otro tema: no es casual que Drácula se haya publicado en 1897, poco después de que Pasteur demostrara el origen infeccioso de muchas enfermedades. El vampirismo bien podría ser una enfermedad infecto-contagiosa transmitida por la mordedura. Bah, como la rabia.

Frankestein es un muerto (en realidad, varios pedazos de muerto) que resucita. Drácula es un no vivo (o no muerto) que se alimenta de los vivos y contagia sus características a quienes ataca. Mezclamos mitad y mitad, sacudimos un poco el frasco y ¿qué sale?
Sale un zombi.

Los zombis son muertos que de algún modo recobran algo parecido a la vida. Se mueven con movimientos lentos y torpes, pero igual logran cazar alguna víctima. Algunas historias de zombis dicen que se alimentan sólo de cerebros de humanos vivos. Otros zombis no son tan exquisitos y se devoran vivo a cualquier clase de ser, humano o animal. Pero hay otra clase de víctimas: quienes son mordidos pero no devorados, mueren y resucitan como zombis. ¿Por qué esta transformación? Como casi siempre, las historias ofrecen una no-explicación: una sustancia neurotóxica que iba a ser usada como arma. O como en el caso de la serie de TV “The Walking Dead”, un virus que produce primero una encefalitis mortal, y luego reactiva sólo las partes más básicas del sistema nervioso central. De ahí la torpeza de movimientos y la falta de inteligencia de los zombis. Son peligrosos solamente en multitudes, como esas hormigas que comen caballos empantanados, o como los cardúmenes de pirañas.
Haciendo números, un apocalipsis zombi terminaría con la humanidad aún más rápido que los vampiros. Porque algunos de los seres humanos serviríamos de alimento, mientras que otros se transformarían en zombis que a su vez tienen que seguir comiendo. No, con los zombis no llegamos a fin de mes.

De acuerdo a las historias que vi o leí, los zombis comen pero no mueren de hambre. Algunos son sensibles a las balas, otros solamente pueden ser eliminados si se les destruye la cabeza. Y si nadie se toma la molestia de eliminarlos, siguen. Siguen y siguen deambulando aparentemente por siempre.

O quizás un día mueren, o se desactivan, o terminan espontáneamente de algún modo. Pero como recién tienen 50 ó 60 años, aún no tuvimos tiempo de averiguarlo. Son monstruos muy nuevos todavía.

Algunos links:

Una guía rápida para supervivencia en caso de apocalipsis zombi.

Primer capítulo de la historieta “The Walking Dead” traducido al argentino. Se lee con Adobe Reader (Windows) o con Evince (GNU/Linux). ¿En Mac? Ah, ni idea.

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