Multitud de personas -muchas de ellas inteligentes- toman partido en una batalla inútil. Ponderan la superioridad de productos de origen (supuestamente) natural: alimentos, cosméticos, productos de higiene y de limpieza, vestimenta. Algunos, por suerte menos, critican furibundamente lo que consideran artificial con un fanatismo que revela su reciente conversión. Se empeñan en creer y -lo que es peor- en convencernos de que natural es sinónimo de bueno, y obviamente artificial, de malo. Y no, discúlpenme pero están meando fuera del tarro.
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